miércoles, 5 de febrero de 2014

Relato: La colección

Tras salir de casa, Saul aún tuvo que recorrer varias pasarelas y girar por innumerables recodos, bajar una decena de escalerillas y esperar alguna cola para llegar a la parte inferior. La parte superior de Puentechatarra estaba ocupada por las casas, en general más pequeñas e inestables cuanto más arriba. Estaban sujetas a los restos del antiguo puente por una serie de cuerdas, amarres, alambres y cualquier cosa que sirviera para que todo no se viniera abajo. Una serie de pasarelas unían las casas de un mismo nivel, y para cambiar de uno a otro había que usar rampas, una de las muchas escalerillas que había repartidas por las edificaciones, o, si se estaba dispuesto a pagarlo, algunos de los ascensores manuales que te podían llevar directamente hasta la superficie. Los comercios, y algunas de las casas de los más afortunados se encontraban en el nivel inmediatamente superior al suelo, normalmente separado de éste por unas rampas sencillas de recorrer. En la parte inferior se encontraban los invernaderos, establos y demás edificios donde se trabajaba, además de unos cuantos antros donde tomar algo o apostar.

Chris estaría a estas horas trabajando en la porqueriza de sus padres, así que la visita iba a ser corta; los cerdos sólo olían bien cuando empezaban a estar bien churruscados.

Avanzó entre unas cuantas edificaciones herrumbrosas y, como era habitual, saludó a “Menos mal” Jack, que estaba tirado, borracho como casi siempre, en la zona de los pozos. En sus tiempos había sido un pandillero y había recorrido mucho Páramo, pero le gustaba demasiado apostar a las cartas y su banda acabó harta de él. Se ganó su sobrenombre en una partida de Tumbar al cacique, donde algo borracho, y viéndose con una mano insuperable contra un enorme tipo que había luchado en los pozos de Sinagua, se apostó todo lo que llevaba encima salvo su ropa interior. Pero resultó que esa mano sí era superable. Lo único que pudo decir en ese momento fue “Menos mal que no bebí esa última copa”.

Chris sonrió cuando le vio aparecer por la puerta. Tenía el pelo de un color anaranjado y una nariz respingona que no tenía nada que envidiar a la de los animales que cuidaba. Acababa de cumplir los quince años, pero era tan espigado y alto que cualquiera pensaría que era bastante mayor.
—Hola, macho —dijo, con su permanente sonrisa—. ¿Has visto a los chatarreros que han llegado? Me ha dicho Trix que se han adentrado en Torresbrillantes y han podido recuperar un montón de trastos. Son los del grupo de Julius, y dice que tiene para ti uno de los que coleccionas.
—Venga ya, Trix siempre está soltando bolas. El tipo aquel del culto raro decía que tiene un refriti de atención, o algo así.
—Ya, pero Muerdos estaba con él y asintió con la cabeza, y Muerdos no es de los que trafulla.
Saul no sabía si alegrarse o darse un cabezazo contra el marco de la puerta. Había esperado mucho para conseguir otro, pero justo la semana pasada se había zascandado todos sus ahorros en un cuchillo medianamente afilado para sus incursiones fuera de los muros del asentamiento. Su cabeza no paraba de pensar maneras de conseguir balas, y tenía que ser rápido.
—¿Sabes si Gulf el Tuerto sigue necesitando gente para ir a recolectar a las colinas? —le preguntó al chaval.
—¿Estás loco? Sabes que eso está plagado de mordedores.
—Bah, sólo son unas bolas de pelo.
—No. Son unos dientacos rodeados de pelo, y rápidos, y hambrientos, y con mala leche... y, y, y... muchos.
—Estás hablando de mí —contestó Saul, sacandopecho—. Yo controlo, sé que no me van a zampar unos martinejos con aires de grandeza. 
Chris se encogió de hombros.
—Ya, pero no sé si ellos lo saben.


Antes de ir a hablar con Gulf se pasó por la Plaza del Pacto. Allí los chatarreros habían montado una serie de tenderetes, donde mostraban la mercancía que querían vender. Eran unos tipos raros, con sombreros extraños, trajes recargados, o esas cosas que se ponen en el cuello con un nudo. Y sus armas parecían más unas máquinas como las de la estación de bombeo que lo que deberían ser.

Lo que había dicho Chris era cierto, Julius estaba ahí delante en un puesto, y le hizo un gesto para que se acercara en cuanto lo vio.
—Me alegro de veros, joven Saul —tenía ese tono pomposo, tan propio de muchos de los chatarreros—. Veo que os han comunicado que tengo algo para vos.
El chico sólo pudo que asentir.
—Está en unas condiciones bastante buenas —dijo mientras rebuscaba entre unos objetos que tenía en una caja—. Y si no me equivoco es uno de los que aún no poseéis.

Finalmente lo sacó, y le quitó el papel que lo envolvía para protegerlo. Cuando Saul lo vio se le iluminaron los ojos. Tenía que conseguir ya las balas para comprarlo, no podía esperar. Era el 47, efectivamente ese no lo tenía. Entre todos los restos de las antiguas ciudades, esto era para él lo más grande… un nuevo número de Zander.

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