lunes, 6 de junio de 2011

Relato: Estoy seguro de que empezaba por 'N'

-¡Más brío, sacos de huesos putrefactos!
El conde August estaba de un humor de perros. Llevaba varios días durmiendo mal a causa de una maldita banda de cazadores de brujas que rondaba por sus tierras, la recolección de impuestos iba de mal en peor a causa del, supuestamente, invierno más crudo de los últimos 60 años y, por si fuera poco, se había visto obligado a levantar un ejército de la nada (literalmente) para enfrentarse a una horda de hombres-rata que había salido de sabía Nagash dónde. Bueno, en realidad sí sabía de dónde habían salido: de la zona pantanosa del sur de sus tierras, un inmenso marjal apestoso y deprimente, de aguas sucias, barro pegajoso y árboles achaparrados y retorcidos. Una mierda de sitio, ideal para que las ratas peludas se revolcasen a gusto adorando a la boñiga con ojos que ellos llamaban Nurguile, pero que a él, de la noble cuna sylvana, le repugnaba en exceso.
Y luego estaba el tema del nigromante, claro. El jodido viejo que le había estado dando la chapa durante días con aquel rollo de la horda definitiva.
- Hacedme caso, mi señor, este conjuro no puede fallar, - decía una y otra vez. - Acordaos de las tres palabras de poder y tendréis a vuestras órdenes a la hueste no muerta más gigantesca jamás vista desde los tiempos del gran Vlad.
Qué dolor de cabeza, por Nagash. Aquél tío era un auténtico coñazo.
- Sí, claro, las tendré en cuenta - le había contestado.
- Acordaos de todo lo que os he enseñado, mi señor. Dominad las palabras de poder y dominaréis el mundo - insistía una y otra vez aquel hombrecillo piojoso.
- Que sí, pesao, las Palabras del Poder Definitivo. Ya las tengo, hombre - estalló el conde.
- Repetídmelas una vez más, para asegurarnos.
- ¿Y por qué no te arranco la lengua y me la cuelgo al cuello, para que las diga por mi? - respondió August mirando al nigromante con fuego en los ojos.
El desdentado hombrecillo (¿cómo carajo se llamaba? ¿Ambrosio? ¿Anastasio? ¡Eustaquio, eso era! Había puesto una academia de nigromancia en Mordheim, el muy imbécil) hizo una reverencia servil y se retiró con presteza.

Eso había ocurrido ya hacía varios días. Ahora allí estaba, a lomos de su corcel esquelético favorito y con su armadura de combate puesta, empantanado con su hueste no muerta en las diez veces malditas marismas del sur. Miró a su alrededor y lo que vio no hizo que su humor mejorase especialmente. La batalla apenas había comenzado; los lobos espectrales estaban cayendo como conejos ante los mosquetes de las ratas y frente a él no veía más que una marea de pelo mojado y mugre que avanzaba en inmensas oleadas. Un rayo verde surgido de las filas de los skaven había vaporizado a un par de espectros antes de que pudiesen siquiera enrroscar la guadaña en el mango, y el centro de sus tropas estaba preocupantemente estático a la espera de la llegada de la marea marrón. Quizá fuese hora de hacerlos avanzar y aumentar sus filas invocando a los cadáveres de los desgraciados muertos en aquellos pantanos. A juzgar por el maravilloso paisaje, con sus árboles enfermos, sus aguas estancadas y su eterno hedor a mierda de buey, seguro que miles de personas se habían muerto del puto asco sólo con pasar por allí.

Dio la orden de avanzar. A su derecha, el barón Von Chimpa, con sus largos brazos simiescos y las patillas peludas hasta la barbilla que caracterizaban a todo su endogámico árbol genealógico, ondeó el estandarte del ejército para que la orden se extendiese. Esqueletos, zombis, espectros, caballeros, carros de cadáveres, varghulf, lobos y murciélagos gigantes cumplieron la voluntad de sus señores vampiros en medio de un silencio sepulcral, roto sólo por el leve chapoteo de sus pesados pasos por el agua y el barro.
- ¡¡Auguuuuust, las palabras de poderrrr!!
El alarido rasgó el aire como un puñal, destrozándole el tímpano y arrinconándole el cerebro en la cavidad craneal. El conde cerró los ojos, se masajeó los párpados con la mano izquierda y levantó la derecha con el dedo corazón extendido, a modo de saludo al último integrante en unirse al ejército. No le hizo falta mirar para verlo. Allí estaba Eustaquio, subido sobre un carro de cadáveres tirado por una masa informe de zombis, sonriendo como un imbécil desdentado y agitando los brazos. La misma túnica marrón roñoso, el mismo hedor a vino de garrafa, la misma barba rala como estropajo, las mismas manos con uñas amarillas como garras, que sujetaban el mismo tomo rojizo y hecho polvo por el paso de los años. Agitó el libro en alto, sobre su cabeza, sin dejar de reírse, como si fuese alguna especie de trofeo.
August inspiró con fuerza. No es que necesitase respirar, claro, pero aquellos gestos siempre quedaban muy teatrales. Tendría que probar las malditas palabrejas, aunque sólo fuese para que aquel marginal lo dejase en paz. Sí, eso haría. Lanzaría el estúpido conjuro que le había enseñado lo antes posible, para quitarlo de delante, y luego se centraría en la batalla que tenía ante sí. Notó un aumento importante en la intensidad de los vientos de la magia negra: bebió de su poder, observó con su vista arcana cómo rielaban sobre el campo de batalla y se enrroscaban en los huesos de los muertos, vigorizándolos, uniéndolos, acariciándolos. El momento se acercaba. La acumulación de poder arcano era notable y pronto se empezarían a liberar conjuros nigrománticos sobre aquél lugar. El cosquilleo en su piel, fruto tanto del roce de los propios vientos de la magia como de su expectación, fue embriagador. Cerró los ojos, sonrió, separó los labios dejando a la vista sus grandes colmillos y comenzó a recitar las palabras.
- ¡Klaatu, verata, ...!
August abrió los ojos de golpe con pavor. ¿Y la tercera palabra? Tartamudeó.
- ¡Auguuuuust! - llegó el grito de Eustaquio desde su carro.
El conde cerró otra vez los ojos, se relajó, absorbió de nuevo todo el poder de la magia negra que flotaba en el aire e inició el conjuro por segunda vez.
- ¡Klaatu, verata, nnn...!
Las manos empezaron a temblarle de forma compulsiva. El poder arcano acumulado le hacía palpitar las sienes, pero no podía liberarlo de forma controlada. Empezó a dolerle la cabeza. Interrumpió el conjuro y apretó los puños con furia.
- ¡¿Qué puta pasa con ese hechizo?! - aulló Eustaquio desde la lejanía.
- Estúpido hombre sabio... -masculló August entre dientes.
Esto no era propio de él. No era mal hechicero, y siempre había podido ejecutar conjuros de nigromancia con bastante soltura, sobre todo los de invocación. Además, contaba con un objeto arcano de gran poder que facilitaba aún más el lanzamiento de hechizos. Eran aquellas tres palabras, aquel conjuro infecto de aquel hombrecillo infame. Pero no se iba a rendir. Por tercera vez, hizo acopio del poder de la magia y se preparó para recitar la letanía.
- ¡Klaatu, verata, nnn...! ¡Venga, coñññño!
Echó la cabeza hacia delante, pegando con la barbilla en su pecho, y se pasó las manos por la cara para quitarse el sudor. Temblaba. El poder mágico acumulado se disipó de forma violenta, haciéndolo sacudirse aún más.
- ¡¡August, no me seas moñas!! - El viento transportaba la voz de Eustaquio con tanta precisión como un megáfono, y durante un pavoroso instante le pareció que lo tenía al lado mismo - ¡¿No puedes recordar ni tres palabras?! ¡Mongol!
- ¡Estoy seguro de que empezaba por 'N', borrachuzo asqueroso! - Contestó el conde a voces por encima del campo de batalla, sin poder contenerse. - ¡Tú, tus palabritas y tus pocimitas de mierda, viejo sarnoso!
- ¡Te estás cubriendo de gloria tú también, anda! - espetó Eustaquio mientras le obsequiaba un corte de mangas.
El conde August dedicó una mirada asesina al anciano, mientras se prometía a sí mismo que aquél especimen subhumano no iba a salir con vida del pantano, e hizo acopio de toda su voluntad para intentar lanzar el conjuro por última vez. Abrió los brazos, alzó la vista y las palabras brotaron de su boca.
- ¡Klaatu, verata, nnn...!
Los vientos de la magia se disiparon una vez más, dejándolo vacío y lloroso. Se derrumbó sobre la grupa del corcel esquelético, maldiciendo por lo bajo.
- ¡Yo me piro, vampiro! - le llegó la voz de Eustaquio. Giró la cabeza y vio al escuálido nigromante bajarse del carro de cadáveres, enfurruñado y levantándose los bajos de la túnica con las manos para no mancharse de barro. Como si muchas de las manchas que la adornaban no fuesen de cosas bastante peores. - ¡Ahí te quedas, imbécil!
- ¡Ya te pillaré otro día, cantamañanas! ¡Sé dónde vives, no te va a servir de nada largarte ahora por las buenas! ¡No tienes ni puta idea de magia, capullo! - respondió el conde lleno de rabia mal contenida.
- ¡Anda, lee un poco y culturízate, obtuso mental! - le respondió Eustaquio, que ya se alejaba chapoteando entre el barro del pantano. Echó el brazo derecho hacia atrás, con su libro de conjuros en la mano, y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el conde. August se preguntó si realmente pretendía golpearle con él desde aquella distancia, y más aún con fuerza suficiente como para que le hiciese algo. El libro describió una ruta descendente hasta que cayó con un sonido de succión acuosa a los pies de Von Chimpa, que lo contempló mientras se rascaba frenéticamente las patillas con ambas manos.
Chimpa se agachó y recogió el tomo de la mugre. Lo abrió, pasó algunas páginas y, con una mirada de férrea determinación que August jamás le había visto, alzó el otro brazo peludo y exageradamente largo para iniciar una invocación.
- ¡Klaatu, verata, ...!
August contuvo la respiración. No era posible. Von Chimpa iba a lanzar el conjuro, con una capacidad intelectual similar a la del guano de murciélago que se acumulaba en sus criptas. El tiempo pareció detenerse. Eustaquio también había quedado petrificado, con las manos agarradas al delantal de su túnica y una mirada de expectación etílica en sus ojos vidriosos. Retumbó un trueno en la lejanía.
- ¡Nectarina! - terminó Von Chimpa, dándose golpes en el pecho con el puño, lleno de orgullo.
August alzó los ojos en blanco al cielo, dejó escapar un aullido animal y maldijo a los cuatro vientos. Eustaquió estalló en carcajadas parecidas al croar de una rana y siguió alejándose del campo de batalla, riendo como un demente mientras gritaba algo parecido a "¡Atila, rey de los Unos!".
El conde sintió de golpe el peso de sus cientos de años y pensó que aquél iba a ser un día muy, muy largo. Y acababa de empezar.

Extracto de una batalla jugada el 7 de Junio de 2008 entre Skavens (Hugo) y Condes Vampiro (Israel). Durante la generación de terreno, Hugo obtuvo tres resultados de "Pantano" en sus tres tiradas.

En el primer turno de magia de los Condes, el general intentó lanzar cuatro veces el conjuro de la Invocación de Nehek. Necesitaba obtener un resultado de 2 o más, ya que tenía el poder vampírico de Señor de los muertos (+1 a la tirada) y el Báculo de cráneo (+1 a lanzar y dispersar). En las cuatro tiradas obtuvo cuatro 1 seguidos. El vampiro portaestandarte de ejército también intentó lanzarlo, esta vez a 3 o más, pero obtuvo el quinto 1 seguido de la fase de magia. Ese día nació el mito de Atila, el rey de los Unos.

by Kushtar

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